sábado, 15 de agosto de 2009

Horarios.



Horarios.

Es casi medianoche por este lado del planeta mon amour, la cumbre de la noche donde los poetas anudan la inspiración a sus lienzos de papel blanco para crear fogatas donde las palabras bailen al compas de sus propias melodías internas.
Y mientras sus hojas se llenan de amores con lenguas insaciables de pasión y desborde, estos vocablos míos se atestan de una sensación parecida al hastío entre los labios.

Si cariño, es ese mismo sentimiento que congela bocas y paraliza corazones, tan dañino como aquellos vicios que terminan con la Parca de amiga cercana, tú sabes, de aquellas malas decisiones que se toman y se enraízan con sus hojas de placer por todo el cuerpo. Podría tratar de explicarlo en tantas palabras y a la vez, tan solo resumirla en una: tú.

Lo sé, lo sé. Lo he aprendido de tal modo que te tengo impregnado en cada latido - cada vez más silenciosos-. Pero también sé, que como siempre, repetirás ante mis explicaciones del porque suelo ser así, o el porque debería dejar de asfixiarme a conciencia con tus suspiros con una simple acción: el silencio.

En todo nuestro tiempo, he aprendido a amar a tus silencios y a tus adorables vacios en el alma. He aprendido a quererlos de tal modo que son una prioridad por encima de mis sentidos. Absurda y sabia decisión.

Aprendí a amarte por lo que no mostrabas y a despreciarte por lo que hacías.

Tan simple y tan complejo a la vez, o quizás eso era también imaginación mía, como el pensamiento de que el cuerpo resistiría el peso de tus palabras frías siempre inundándome los ojos.

Eres de esos errores que mientras mas duelen, más se necesitan ,para cada paso que se deba dar adoleciendo el don innecesario de tener un corazón.

Ya es medianoche mon amour. La luna se ríe caprichosamente de mí y de estas palabras que son tan ciertas, que desearía quemarlas entre mis secretos más profanos. Y es que, lastimeramente ambos lo sabemos. El peso de nuestro amor
conlleva lastimarnos tan constantemente como nos sea posible.

Para luego, poder zurcir todo cabo suelto en la batalla, y abrir la siguiente puerta al próximo nivel de heridas.
El reloj terminó sus tristes campanadas.
-Duerme también esta noche conmigo cariño-

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