domingo, 4 de noviembre de 2012

Tempête


Tempête

Llegué  pronta a tus labios, como esa tarde obscena, que solo desea  diluir sus maradiagmáticos ojos  en lo infinito de un ocaso por  tanto tiempo esperado. Sabías de las sonrisas rotas y las palabras a medio vestirse en la calle de lo temido. Nosotros. Es decir, sólo nosotros y el mundo que hacía de la periferia de una charla hilvanándonos un por qué y un quizás en la memoria. Tus razones, mis momentos. Lo extenso de una conexión que nadie sabría jamás como comenzó. Tus tímidos coqueteos, mis maneras de huir sin avanzar. Esta carrera indecente  en medio del desierto en mi corazón plagado de fosas. La verdad, mi verdad. La vergüenza de mi piel  ajada por los años de granulia pulmonar* exponiéndose a una nueva luna en mi antiquísimo  universo del miedo al dolor. Este apenas. Ese  maldito dolor que me violenta en sus confines  y araña la linfa en mi voz. Mi dueño en este continúo juego del amor al desequilibrio y a los golpes del sueño que yo necesito, pero él no a mí. Mi pasión desbocada  a la lujuria de sus rizos y la textura de su piel. Los besos a la nada, los abrazos a su olor. La mentira de mis propios anhelos. Esta maldita y maldita manera de hacerme trastabillar por mí misma. La facilidad con que muero en esta  falaz indecisión. La culpa cercenándome (…)

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