sábado, 19 de noviembre de 2011

Calle de aire.


Calle de aire.

Goteas despacio

Aceleras las humedades
en mi pecho
armando un campo  de margaritas
en medio
del arenal  asentado en mi  tristeza

Una pena. Una lástima desflorando
A mediodía
El verdadero color de una miseria

El dolor. El dolor de no ceder
de no tenerte
de no poder corregir más las imprudencia
de cuando
le escribes a ella
pedacitos de tu piel
con esa ortografía
tan pasional
e incoherente
que manejas desde siempre
para los asuntos del corazón.

Mentir. Quisieras. Quisiera
Pero tú no sabes qué es eso.

Sabes de los días de lluvia, las madrugadas nubladas
y las noches donde me muero en el sol
de un poema sin tregua

Decisiones a las 6 pm
que jamás se tomar, ni convencer
 de que deberían  romper
y tener alas
de una
gloriosa y maldita vez.

No  lo sé.

Tomar de esos impulsos tuyos
Las ganas de  sonreír,
golpearla con tus ojos
repetidamente
en cada beso que le das.

Eres un mal perdedor.

O quizás yo, sencillamente
una mala mentirosa.

El amor nos era un término
de garras largas, melena azabache
y ojos tan negros
como la muerte de las flores
un mañana primaveral.

Y ambos le temíamos
al olor de su cuerpo
tendido
sobre las sábanas donde  reclamábamos
las pocas maneras
que nos sabíamos de querer
como  máquinas sin hálito
de siquiera ser capaz.

Extraño esos tiempos, a veces,  despacio,
 a momentos de  intervalos de nunca
como dejé claramente
Escrito en la boca de mi diario hoy
cuando me reclamaba los murmullos.

Me escandalizas. Y quizás esa
sea la real verdad tras toda
esta parsimonia de huesos rotos
y memorias obsoletas.

Me horrorizan tus ganas de  engañarte.
Buscarla mientras cocina
ilusiones de papel 
creándote  un camino  sin dudas
tan bellamente irreal.

Y de qué vas.

No hay mayor ciego
que el que no quiere ver
decía mi abuela
 cuando arropaba mis lágrimas
hace años, alguna ocasión.

Y es verdad. No hay más que sentirte
en la distancia de unas cuadras

olisqueando el pánico a la soledad
que embargan tus lunares.

Sonreírte  con  una mansa pena
crecida en cautiverio

Y ver como acaricias lento
las caderas
de tu siseante y propia
tornasolada  soledad.

Ya ves.

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