domingo, 10 de julio de 2011

Renuencias.

Renuencias.

El segundo cigarrillo terminó por extinguirse. Debían ser las dos de la madrugada, pero realmente no importaba ello, ahora, otras tantas ideas rondaban en su mente como pequeñas voces mezclando los ruidos del exterior con su propia conciencia. Se levantó para ver a través de la ventana que la calle seguía igual de vacía que ese mismo día más temprano, o al menos así lo era para ella. No importaba nada, el hecho de sentirse vacía y sola no cambiaría por ver a miles de extraños correr por esas avenidas de destinos inciertos. Abrumarse así era tan sencillo como agotador en todo momento.

Cogió una silla y subió al borde de la ventana. El viento se sentía increíblemente tan dulce como acariciable; a veces tenía la impresión de que con solo estirar las manos podría aprisionar un poco de ello entre las palmas; entonces sintió como una brisa helada la devolvía a la realidad. Estar en un sexto piso le daba algo de miedo, pero contrariamente, se sentía más segura estando allí, encima de sus días, encima de todo, como si estuviera un poco más cerca del cielo cada vez.

Miró hacia abajo. Todo se veía oscuro pero a la vez calmado, sintió que si quisiera dar un paso más todo a su alrededor se detendría por segundos, pero no deseaba ello. Odiaba la idea del tiempo corriendo por su garganta como algo tan áspero de sabores, pero también odiaría el simple hecho de ya no volver a sentir nada nunca más.

Lo pensó nuevamente. El dolor a pesar de ser algo que no desearía, le era útil, le era necesario. Amar esa tortura en los labios la hacía sentir viva, como si realmente fuera una persona real.

Esa noche decidió cerrar fuertemente la ventana y apagó las luces .Se recostó en su cama mientras las lágrimas rompían el obsceno silencio de esa habitación oscura.

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