Una historia de Galletas.




Una historia de Galletas.

Azucena tenía la mala costumbre de oír tras las puertas las conversaciones de los adultos. A pesar de su corta edad ya había recibido muchas reprimendas por estar siempre fisgoneando las conversaciones de todos hasta el límite que no había nada que ella no supiera sobre los habitantes de esa casa. Era la primera en enterarse cuando sus padres decidían salir de viaje y la primera en contarles a sus hermanos que se quedarían con sus tíos a los cuales no soportaban mientras este durase. Era además la única que sabia el secreto mas grande de su hermana mayor : un noviecillo dos años mayor que ella que solía llamarla a escondidas por el teléfono de la sala, ella se enteró días mas tarde cuando en una discusión por unas galletas faltantes Azucena le replicó que seguramente ella se las había regalado a su novio. Todo era demasiado molesto, esa mala costumbre tenía en vilo a toda la familia hasta el punto que sentían que no podían tener vida privada.



Azucena no podía con su geniecillo y siempre podía hallársele cuando uno menos lo esperaba.



Pero cierto día todo terminó de molestar a los que allí vivían. Sus padres estaban en su habitación hablando de que llegaría en unas horas la enfermera a vacunar a todos los pequeños. Azucena fiel a su conducta impertinente logró oír aquella valiosísima información y corrió hasta donde estaban sus hermanos a contarles todo lo que había oído. Ellos, como todos los pequeños le tenían un miedo comprensible a todo lo que estuviese relacionado con agujas y jeringuillas así que desaparecieron en menos de cinco minutos para esconderse en los lugares donde simplemente nadie podría hallarlos.




Al llegar la enfermera, su madre fue a buscar a los niños. Grande sería su sorpresa al no hallar a nadie en su respectiva habitación. Llamó a las criadas para registrar la casa y a pesar de los inmensos esfuerzos, caídas y horas que pasaron buscándolos nadie puedo encontrarlos hasta que ellos aparecieron ya cuando estuvieron seguros de que la enfermera había salido de la casa.



Esta fue la gota que derramó el vaso. Los padres decidieron crear un plan absoluto que detendría esta afición de Azucena que siempre terminaba del modo que no debería.



Cierta tarde después de la merienda Azucena recorría los pasillos de la casa en busca de algo que la entretuviera un buen rato, entonces creyó oír unos rumores detrás de la puerta de la cocina. Se apresuró a la puerta que daba al patio donde se podía escuchar todo lo que dijeran en la cocina con más claridad.



-Mariel ha escondido sus galletas en el cuarto detrás de la lavandería, la vi hace días , ella come una de noche y luego se va a dormir – dijo una criada como contándoselo a la encargada de la cocina.



Azucena no pudo alegrarse más, si había algo que ella amaba mas que oír tras las puertas eran las galletas, además su hermana mayor no notaría si faltaban algunas.



Esa noche esperó a que su hermana fuera por una galleta y se acostase para ella ir a coger algunas del tesoro que ansiaba.



Entró despacio a la lavandería con un poco de temor dando pasitos cortos para que la madera del piso no sonase, pero entonces se detuvo. Todo estaba demasiado oscuro y no podía prender la luz ya que si no los demás se darían cuenta. He allí su problema. Azucena aún era una niña y como todo pequeño le tenía un miedo a la oscuridad solo superable por el temor a las arañas.



Dio tres pasos más al percatarse de un objeto brillante tras las cortinas. Había encontrado las galletas.


Se acerco presurosa a tomarlas cuando de repente… Todos sus hermanos salieron desde los rincones de la lavandería gritando un fuertísimo ¡Bu! Que hizo asustar de tal modo a Azucena que salió corriendo de la habitación olvidado la razón por la cual estaba allí tan tarde por la noche. A la mañana siguiente todo comenzó a cambiar.



Azucena nunca más estuvo detrás de ninguna puerta por el resto de sus días por mas galleta que pudiese estar alguna vez en juego.

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